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VIOLENCIA EN LOS CENTROS DOCENTES

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VIOLENCIA EN LOS CENTROS DOCENTES

Mensaje  Ibiza_y_Formentera el Sáb Nov 08, 2008 1:35 am

VIOLENCIA EN LOS CENTROS DOCENTES







Existe una creciente preocupación en la comunidad educativa y en el conjunto de la sociedad sobre la violencia que se produce en los centros docentes. Cada vez con más frecuencia aparecen comportamientos agresivos de los alumnos que ponen de manifiesto el deterioro que parece existir en las escuelas: el maltrato entre iguales, el vandalismo de determinados alumnos o las agresiones a los profesores son noticia en la mayoría de los países industrializados.

La palabra “violencia” -física o psíquica, o ambas a la vez- viene del latín “violentia”. Ésta tiene la raíz “vis-“ que significa “fuerza”. Por lo tanto, se define “violencia” como algo que hay que realizar a/por la fuerza.

Thomas Hobbes, en su libro “Leviathan”, describe al hombre como un ser violento y competitivo por naturaleza. Aunque el filósofo inglés usó esta palabra como metáfora de “Estado”, “leviatán” se refiere a un dragón o serpiente marino que aparece en la Vulgata (traducción de la Biblia del griego al latín vulgar llevada a cabo por San Jerónimo a instancia del papa Dámaso I -Job, XL, 20; Isaías, XXVII, 1; Juan, VIII, 7; Romanos, XIII, 11; etc., etc.-). El vocablo “leviatán” fue tomado del hebreo “liwyatan”, y éste del LYH (girar, torbellino).

Ciertamente estoy en total desacuerdo con la descripción que hace del hombre el amigo y admirador de Bacon, quien desarrolla en sus obras una concepción mecanicista del mundo, según la cual lo único existente son cuerpos en movimiento; su filosofía trata, pues, de los cuerpos y de las leyes que rigen sus movimientos mecánicos.

Es evidente que “la violencia, refiere Jean Jaurès, es una debilidad”, y si una persona (aislada o en grupo) la usa para lograr objetivos propuestos, seguirá usándola cada vez con mayor virulencia, es decir, con más poder de destrucción. No debemos confundir “violencia” con “conflicto”. Éste sería, según su etimología, el choque (confligere), la no-solidaridad por excelencia. Sin embargo, la solidaridad se alimenta del conflicto y, está más que demostrado, que de ella puede nacer el conflicto.

Hay una serie de clases o tipos de comportamiento antisocial en los centros docentes en especial en los de Primaria y Secundaria: disrupción en las aulas, problemas de disciplina (conflictos entre profesorado y alumnado), maltrato fundamentalmente psíquico entre compañeros («bullying»), vandalismo y daños materiales, violencia física (agresiones, extorsiones…) y acoso sexual.

La disrupción en las aulas constituye la preocupación más directa y la fuente de malestar más importante de los docentes. Cuando hablamos de disrupción nos estamos refiriendo a las situaciones que se dan en el aula, en que tres o cuatro alumnos impiden con su comportamiento el desarrollo normal de la clase.

Las faltas o problemas de disciplina se encuentran encuadradas, normalmente, en forma de conflictos de relación entre profesores y alumnos. Ciertamente, en otras ocasiones, la conducta de ciertos alumnos implican una mayor o menor dosis de violencia -desde la resistencia o el “boicot” pasivo hasta el desafío y el insulto activo al profesorado-, que pueden desestabilizar por completo la vida cotidiana en el aula.

El término “bullying”, de difícil traducción al castellano con una sola palabra, se emplea para denominar los procesos de intimidación y victimización entre iguales, esto es, entre alumnos compañeros de aula o de centro escolar (Ortega y Mora-Merchán, 1997). Se trata de procesos en los que uno o más alumnos acosan e intimidan a otro -víctima- a través de insultos, rumores, vejaciones, aislamiento social, motes, etc. Si bien no incluyen la violencia física, este maltrato intimidatorio puede tener lugar a lo largo de meses e incluso años, siendo sus consecuencias ciertamente devastadoras, sobre todo para la víctima.

El vandalismo y la agresión física son ya rigurosamente fenómenos de violencia; en el primer caso, contra las cosas; en el segundo, contra las personas. “Desconfío de la incomunicabilidad, dice Jean-Paul Sastre; es la fuete de toda violencia”.

El acoso sexual es, como el “bullying”, un fenómeno o manifestación de comportamiento antisocial. En cierta medida, el acoso sexual podría considerarse como una forma particular de “bullying”, en la misma medida que podríamos considerar también en tales términos el maltrato de carácter racista o xenófobo.

En los centros docentes de los países desarrollados se dan muchos conflictos y violencias en sus distintas categorías. Los que tienen lugar entre alumnos -el “bullying”, el acoso sexual, o cierto tipo de agresiones y extorsiones- resultan invisibles para padres y profesores en la mayoría de los casos.

La violencia en los centros educativos ponen de manifiesto al menos tres conclusiones importantes: en primer lugar, que los fenómenos de comportamiento antisocial en las escuelas tienen raíces muy profundas en la sociedad y, por ende, en la comunidad social a la que los centros educativos pertenecen; en segundo término, está claro que los episodios de violencia no deben considerarse simplemente como eventos aislados que ocurren espontánea y arbitrariamente, como si fueran meros “accidentes”; y tercero, que las distintas manifestaciones de comportamiento antisocial en las escuelas ocurren con más frecuencia de lo que usualmente se piensa y que, puesto que la relación entre los agresores y las víctimas es necesariamente muy extensa en el tiempo y muy estrecha en el espacio (conviven en el centro durante años y muchas horas al día), las consecuencias personales, institucionales y sociales de dicha violencia son incalculables.

El origen de la violencia en los centros docentes es multicausal. Entre las raíces más fundamentales están: la violencia como derivación de la organización social, es decir, la violencia escolar sería consecuencia de la participación de los estudiantes en procesos que “filtran” dicha violencia estructural presente en el conjunto de nuestra sociedad; la violencia omnipresente en los medios de comunicación social a la que los alumnos están expuestos durante muchas horas diarias; los modelos violentos que los estudiantes ven -y aprenden- en su propia familia, incluso en las que no hay ruptura, y en su más inmediato entorno sociocomunitario; la violencia que los alumnos sufren dentro de su familia, deshecha o no, y en su entorno; la carencia de moral o un desarrollo deficiente de la misma; la integración social, portando consigo y nutriendo y expandiendo los antivalores, tales como la injusticia, el desamor, la insolidaridad, el rechazo a los débiles y a los pobres, el maltrato físico y psíquico, la asimilación del modelo de relaciones interpersonales basado en el desprecio y la intolerancia hacia las diferencias personales en particular y hacia la diversidad étnica en general, etc.

La LOE da sus primeros pasos contemplando en su articulado un plan de choque contra la violencia escolar. Tanto las Comunidades Educativas como la sociedad en general aguardan que la respuesta legislativa sea seria, responsable y eficaz, adecuada a la verdadera dimensión de este problema. Cada Comunidad Educativa, en especial el profesorado y los padres de alumnos integrados o no en las APAs, espera también, y sobre todo, una reacción de la sociedad entera a favor de la dignidad de los profesores y un reconocimiento general de la relevancia de la tarea docente. Los profesores deben recuperar el principio de autoridad, sin el que no pueden llevar a cabo la docencia, y que nunca hubieran debido perder. Es insoslayable un convencido apoyo institucional al profesorado, devolviéndole las funciones profesionales que se le han arrebatado en los últimos años, porque es mucho lo que la sociedad española se juega en estos múltiples problemas.

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