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EL PAís, sábado 2 de abril de 2005 OPINIÓNI r

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EL PAís, sábado 2 de abril de 2005 OPINIÓNI r

Mensaje  Ibiza_y_Formentera el Miér Ene 07, 2009 6:37 pm

EL PAís, sábado 2 de abril de 2005 OPINIÓNI r

Como el cáncer o el terrorismo,

que tanto tememos pero

que la costumbre nos obliga a

anticipar, la violencia escolar

también forma parte del catálogo

vigente de horrores predecibles.

En abril de 1999, dos

adolescentes de la escuela de

Columbine, Colorado, armados

hasta los dientes, mataron

a 12 alumnos y un profesor

antes de suicidarse. Justo tres

años más tarde un estudiante

del instituto Gutenberg, Erfurt,

asesinaba a tiros a 13 profesores,

dos condiscípulos,

una secretaria, un policía y, a

continuación, se quitaba la vida.

Y hace unos días, en Red

Lake, Minnesota, Jeff Weise,

de 16 años, ejecutó a sus abuelos

en casa y después se fue al

colegio, donde acribilló a balazos

a cinco compañeros, una

profesora y un guarda. Acto

seguido se disparó mortalmente

en la cara.

Estas espeluznantes matanzas

nos espantan, nos duelen,

y echan por tierra las expectativas

más básicas sobre el comportamiento

humano. Aun así,

su impacto en la sociedad es

elimero. Con independencia

de los cadáveres que acaben

esparcidos por las aulas, la indignación

colectiva se disipa a

los pocos meses. La razón es

que, ante estas tragedias, la

mayoria de las personas se resigna

y pasa página escudándose

en la idea de que siempre

ha habido y habrá seres inexplicables

arrebatados de insaciable

sed de sangre.

Si bien la violencia juvenil

en los colegios se nutre de una

mezcla variable de ingredientes

personales, familiares y sociales,

casi todos los perpetradores

tienen en común haber

sido sometidos a acosamiento.

Un estudiante sufre acoso escolar

cuando está expuesto a

ataques sádicos continuos, de

los que no puede defenderse

fácilmente, por parte de uno o

más compañeros de clase. Los

asaltos pueden ser lisicos (empujones,

golpes). verbales (insultos,

burlas), no verbales

(gesticulaciones hostiles y vejatorias)

o grupales (marginación,

bromas crueles o difusión

de rumores humillantes).

BuIlY;Ilges el término anglosajón

-hoy en día muy divulgado-

que en los años setenta el

sueco Dan Olweus, profesor

Viene de la página anterior

te de administrar justicia, es importante

maximizar sus posíbilidades

de rehabilitación. Después .

de todo, el bullY;Ilg nos planlea

un doble reto: salvar la vida de

los oprimidos y rescatar la humanidad

de los oprcsorcs.

En mi opinión, Iodos los cenlros

de enseñanza requicren programas

dc formación y sensibili-

Los estragos

delacosoescolar

de Psicología de la Universidad

de Bergen, Noruega, aplicó

a este tipo de agresiones.

Según el Servicio Secreto

de Estados Unidos, el 71% de

los asesinatos cometidos en

los institutos de bachillerato

entre 1974 y 2000 fueron protagonizados

por jóvenes que habían

sufrido bullY;Ilg en los

seis meses previos. A titulo personal

puedo añadir que en otoño

de 1992, en respuesta a una

alarmante ola de homicidios y

suicidios en las escuelas públicas

de Nueva York, el alcalde

David Dinkins encargó al Departamento

de Servicios Municipales

de Salud Mental, que

por aquel entonces yo dirigía,

un estudio sobre las causas,de

esta preocupante tendencia.

Este proyecto concluyó, entre

otras cosas, que el maltrato

LUIS ROJAS MARCOS

continuado de escolares por

sus colegas constituía un factor

determinante de muertes

violentas entre los adolescentes

neoyorquinos.

El hostigamiento prolongado

de alumnos por compañeros

es una realidad, aunque casi

siempre esté encubierta por

una espesa nube de tabú y de

silencio. En Estados Unidos,

por ejemplo, alrededor del

30% de los estudiantes de entre

7 y 17 años alirma haber

observado bullY;Ilg durante el

año escolar, y el 23% confiesa

haber participado personalmente.

Sin embargo, sólo un

13% de profesores dice haberlo

presenciado. En mi experiencia,

aunque las ofensas

más visibles suelen ocurrir a

espaldas del profesorado, bastantes

maestros son reacios a

MÁXIMO

admitir que hay acoso en sus

clases. A unos les cuesta reconocer

que ciertos niños pueden

ser asombrosamente crue.

les. Otros temen ser tachados

de inexpertos.

Las víctimas. habituales de

ensañamiento son muchachos

y muchachas pacificos, tímidos,

introvertidos y, sobre todo,

vulnerables. A menudo

muestran aspectos lisicos, acti.

tudes o hábitos diferentes a

los de la mayorla de la clase.

Los maltratado res suelen ser

personajes inseguros y provocadores,

que no han madurado

la capacidad de sentir compasión

ante el sufrimiento ajeno.

Mientras que los varones

tienden a utilizar la agresión

lisica y verbal, las chicas recurren

a la marginación, los bulos

y la manipulación de las

Los estragos

del acoso escolar

zación para esludiantes, profesores

y padres con el objctivo de

establecer una cultura de "Iolemocia

cero al acoso y a su encubrimiento".

La inaeción y el disimulo

protegen siempre a los verdugos,

nunca a las víctimns. Ningún

joven deberín lemer ir al colegio

por miedo a ser golpeado o

denigrddo, y ningún padre o madre

deberia necesitar preocupnrse

de que su hijo pueda estar suf ricndo

vcjnciones cn el colegio. Conscientes

de esle derecho. cndn día

son más los paiscs quc establecen

Icyes o regulaciones conlm el bu-

IIY;Ilg.Éste es el caso, enlre olros,

de Suecia. Noruega, Inglalerra,

Irlanda. Dinamarca y Japón.

El acoso escolar nos deshumaniza

a Iodos y su erradicación

nos incumbe a todos. En palabms

del escritor libanés Jam Gibrán.

"n menudo escucho que ós

rererís ni hombre quc comelc un

delito como si no ruem uno de

vosotn.'s.como un extraño y un

relaciones. Ellos y ellas ansian

la sensación excitante de poder

que experimentan cuando

subyugan lisica y emocionalmente

a sus víctimas.

Numerosas investigaciones

demuestran que el acosamiento

persistente, aparte de causar

daños corporales, socava

profundamente el equilibrio

emocional de los acosados, a

corto ya largo plazo. Los efec.

tos más comunes incluyen ansiedad,

robia al colegío, aislamiento

social, baja autoestima

y depresión. Cada mañana de

clase, la combinación venenosa

de miedo e indefensión atormenta

a las víctimas. Incluso

en los dlas festivos, los detalles

más amargos de los ultrajes

padecidos se entrometen en

su mente y transforman su

tiempo de esparcimiento en interminables

pesadillas. A la hora

de encontrar explicaciones

que les ayuden a entender su

penosa situación, la mayorla

termina culpándose a si mismos.

El estigma de inferioridad.

de vergüenza y de impotencia

que marca a estas criaturas

les impide revelar su sufrimiento

a familiares, y mucho

menos denunciar a sus torturadores.

El acoso escolar distingue

con cicatrices indelebles las

mentes de los adultos que lo

sufrieron de pequeños. Mas no

todos los escolares maltratados

sobreviven a la adolescencia.

Unos se liberan del intolerable

suplicio quitándose la vida.

En el Reino Unido. por

ejemplo, se calcula que anualmente

un mínimo de 16 niños

asediados por compañeros eligen

esta última salida. Otros,

como Jeff Weise, optan por un

desquite implacable y sanguinario

antes de inmolarse.

Una vez que el martirio sale

a la luz, los agresores, sus

allegados y los testigos que se

mantuvieron neutrales, incluyendo

al personal docente,

tienden a minimizar el problema,

a recriminar al acosado

por no haberse derendido, o a

responsabilizar a sus padres.

Por eso. la primera intervención

de las autoridades escolares

debe ser atender las necesidades

de seguridad y apoyo

emocional del alumno perseguido

y sus ramiliares. En

cuanto a los acosad

Pasa a la pAgina siguiente

intruso cn vueslro mundo... Mas

yo os digo que de iguul rorma

que ni um. sola hoja se loma umariUa

sin el conocimienlo silcncioso

del árbol. Inmpoco el malvado

puede hacer el mal sin la ocultn

voluntad dc Iodos vosolros".

Luis ltoja1l 1\18rco~ cs pn1fcsor dc Psiquiatrla

dc la Uni\"cn;id:1d de NuC'va

York.

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